Tener buenas intenciones no es sinónimo de ser útil.

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Los niños también necesitan intimidad.

Janet, de once años, por lo general vivaz y ruidosa, se sentó tranquila y preocupada en su pupitre.

PROFESOR: ¿Qué te pasa hoy?
JANET: Nada.
PROFESOR: Vamos, puedes decírmelo. Puedo ver que te pasa algo. ¿Qué te molesta?
JANET: No me molesta nada.
MAESTRO: Escucha. Eres como un libro abierto para mí. Te conozco. Puedo decirte qué es lo que te pasa. Te has levantado con el pie izquierdo, ¿no?
JANET: Por favor. Para.
PROFESOR: ¿Qué contestación es esta, jovencita? Podría enseñarte educación y modales, pero te voy a ahorrar. Estás molesta, y ni siquiera lo sabes. Te entiendo mejor de lo que te entiendes tu misma.

Janet se cubrió la cara y no pronunció una palabra durante el resto de la hora.


El maestro de Janet pudo haber tenido buenas intenciones, pero no fue útil.


Siempre es peligroso jugar detective emocional.

El buen gusto prohíbe la curiosidad.

La cortesía controla la distancia.

La privacidad no debe ser invadida sin permiso y se tiene derecho a la reticencia.


Decirle a un niño, “Te entiendo mejor que tú” es un acto de arrogancia emocional similar a la invasión ilegal.

La ayuda es mejor cuando se da de forma discreta y sucinta (¿Puedo ayudar?).

Las ofertas a voces, cansinas y explícitas son vergonzosas. Invitan a la resistencia y al resentimiento.(H. Ginott)


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