¿Por qué los niños mienten?

Mentiras, ¿Por qué los niños mienten?

A veces mienten porque no se les permite decir la verdad.

 Willie, de cuatro años, irrumpió en la sala de estar, enojado, y se quejó a su madre: "¡Odio a la abuela!" Su madre, horrorizada, contestó: "No, no. ¡Quieres mucho a la abuela! En esta casa no odiamos. Además, te da regalos y te lleva a muchos sitios. ¿Cómo puedes decir una cosa tan horrible?

Pero Willie insistió, "No, la odio, la odio. No quiero volver a verla. La madre de Billie, ahora realmente disgustada, decidió usar un método educativo más drástico. Dió un cachete a Willie.

Willie, que no quería ser castigado más, cambió su tono: "Yo quiero a la abuela, mamá", dijo. ¿Cómo respondió mamá? Ella abrazó y besó a Willie y lo elogió por ser un niño tan bueno.

¿Qué aprendió el pequeño Willie de este intercambio? Es peligroso decir la verdad, compartir tus verdaderos sentimientos con tu madre. Cuando eres sincero, eres castigado; Cuando mientes, tienes amor. La verdad duele. Mantente alejado de ella. Mamá ama a los pequeños mentirosos. A mamá le gusta escuchar sólo verdades agradables. Dile sólo lo que quiere oír, no cómo te sientes.

¿Qué podría haber respondido la madre de Willie si quería enseñar a Willie a decir la verdad?

Ella habría reconocido su disgusto: "Oh, ya no quieres a la abuela. ¿Te gustaría decirme lo que hizo la abuela que te hizo enfadar tanto?" Él pudo haber contestado, "ella trajo un regalo para el bebé, pero no para mí."

Si queremos enseñar honestidad, entonces debemos estar preparados para escuchar verdades amargas y verdades agradables. Si los niños deben crecer honestos, no deben ser alentados a mentir acerca de sus sentimientos, ya sean agradables de escuchar, desagradables o ambivalentes.

(H.Ginott)

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Tener buenas intenciones no es sinónimo de ser útil.

Los niños también necesitan intimidad.

Janet, de once años, por lo general vivaz y ruidosa, se sentó tranquila y preocupada en su pupitre.

PROFESOR: ¿Qué te pasa hoy?
JANET: Nada.
PROFESOR: Vamos, puedes decírmelo. Puedo ver que te pasa algo. ¿Qué te molesta?
JANET: No me molesta nada.
MAESTRO: Escucha. Eres como un libro abierto para mí. Te conozco. Puedo decirte qué es lo que te pasa. Te has levantado con el pie izquierdo, ¿no?
JANET: Por favor. Para.
PROFESOR: ¿Qué contestación es esta, jovencita? Podría enseñarte educación y modales, pero te voy a ahorrar. Estás molesta, y ni siquiera lo sabes. Te entiendo mejor de lo que te entiendes tu misma.

Janet se cubrió la cara y no pronunció una palabra durante el resto de la hora.


El maestro de Janet pudo haber tenido buenas intenciones, pero no fue útil.


Siempre es peligroso jugar detective emocional.

El buen gusto prohíbe la curiosidad.

La cortesía controla la distancia.

La privacidad no debe ser invadida sin permiso y se tiene derecho a la reticencia.


Decirle a un niño, “Te entiendo mejor que tú” es un acto de arrogancia emocional similar a la invasión ilegal.

La ayuda es mejor cuando se da de forma discreta y sucinta (¿Puedo ayudar?).

Las ofertas a voces, cansinas y explícitas son vergonzosas. Invitan a la resistencia y al resentimiento.(H. Ginott)


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