Mamá, demuestra que me quieres cuando me porte mal

Este verano he apuntado a Lucas a Kung-Fu. Estaba muy ilusionado. Lo he dejado en la clase muy bien. Seguía los ejercicios como sus compañeros (niños mayores que él).

Me he ido muy contenta.

Lucas ha vuelto a casa muy contento con una careta de demonio rojo intenso que ha pintado. Tiene mucha energía. Me pide para ir en bici.

– Mamá, quiero ir en bici.

– Ahora no Lucas, ya es tarde.

– No, ¡ahora!

– Lucas, hoy has hecho muchas cosas y en Kung-Fu seguro que te has cansado. Podrás ir mañana por la mañana con papá.

– ¡Quiero ir ahora! No estoy cansado! (Me coge las llaves para abrir el garaje donde guardamos las bicis).

– ¿Qué haces?

– Quiero coger la bici.

– Lucas, sé que te hace ilusión, pero ahora no es el momento. Pronto cenaremos (Lucas se enfada y me tira una garrafa de agua vacía encima, grita y me insulta).

– ¡Eh! Te puedes enfadar pero sin insultar. Dímelo de otro modo.

– Sí, ¡insultar sí!

– De acuerdo, ven conmigo. (Yo quería que descargara la rabia con un palo en el jardín, como ya hemos hecho otras veces).

– No quiero entrar. No quiero ir al jardíiiiiiiiiiiiínn (Escupe, se descontrola, lo cojo, grita, quiere coger lo que pueda para romperlo, araña, quiere pegarme. Su padre la abraza muy fuerte  para calmarlo y yo le aguanto  los pies).

– ¡Dejadme! ¡Me hacéis daño!

– Pues no nos pegues. (Se va corriendo a su habitación y se cierra. Llora. Al cabo de un rato, llamo a la puerta).

– Lucas, ¿puedo entrar?

– Sí. ¡No os quiero nada! ¡Quiero cambiar de padres! ¡Os odio!

– ¡Hay que ver cómo estás de enfadado! Estás muy rabioso.

– Sí, ¡quería ir en bici y me habéis hecho daño! Y no me habéis dicho perdona.

(Silencio)

– De acuerdo. Perdona por cogerte fuerte. Te queríamos calmar.

– Pues me habéis hecho daño y si me cogen, exploto. (Me siento en la cama y se esconde bajo la sábana).

– Mira, me sentaré en la punta de la cama para hablar.¿ De acuerdo?

– De acuerdo.

– Lucas, cuando hablo con alguien, me gusta que nos miremos a la cara.

– De acuerdo.

– Estás enfadado.

– No, ahora estoy triste.

– También lo veo. Antes estabas tan enfadado como un volcán en erupción y has explotado tanto que no sabías qué hacer con tanta energía y has escupido, dado patadas, arañado, gritado… ¡Qué volcán!

– Sí, y ahora estoy triste.

– Claro, la rabia y la tristeza son muy amigas. Tras la explosión, viene la tristeza con las lágrimas.

– A ti te quiero, pero al papá no.

– El papá vendrá después y le podrás decir lo que te pasa.

– Yo quería ir en bici.

– ¡Y por eso te ha cogido tanta rabia!

– Mira, recuerdo un día que a esta hora también quisiste ir en bici. Llegamos al final de la calle y ya estabas cansado. Te enfadaste. Tiraste la bici al suelo, tiraste la maceta de la mamá, me escupiste y yo también. Y me sentí muy mal. Con mucha rabia y muy triste. No quiero que vuelva a pasar. Fue muy triste.

– Ven mamá a mi lado.

– ¿Quieres que te abrace?

– Sí mamá, hoy en clase de Kung- Fu han gritado mucho. Me dolía la cabeza y los oídos. Y me han pegado en el culo, en la pierna…

– ¡Ah, vaya, es esto!

– ¡Y me han pisado los pies y no me han pedido perdón!

– Te han hecho daño.

– Sí.

– Por supuesto. En casa te digo que no gritamos, que podemos hablar igual pero tranquilos, que no pegamos… Quizás te has asustado.

– Sí (llora).

– De acuerdo. Pues hablaré con el monitor y se lo explicaré. ¿Te parece bien?

– Sí, pero no me apunto.

– Vaya, pero creía que te había gustado. Has venido muy contento con la careta de demonio. ¡Daba miedo! Toda roja con una parte amarilla. ¡Has buscado el rojo más vivo y has pintado unos cuernos!

– Sí, los otros lo han pintado negro con dientes. ¡Bua,bua, bua! Yo la quería roja y me ha costado mucho. He sido el último en terminarla.

– Los otros son niños más mayores que tú. Quizás más rápidos. Pintar toda una careta con rotuladores debe costar, no vas tan rápido como con las ceras.

– ¡Ya! ¿A que es chula?

– Mucho. Así pues te ha gustado pintar la careta, pero los gritos y los combates no.

– Sí.

– Debe impresionar hacer combate con niños mayores. Piensa que es tu primer día y has hecho muchas cosas nuevas. Aquel niño de los pantalones blancos ya había hecho Kung-Fu antes. Por eso sabe tanto. No te compares con los demás. Ha sido tu primer día y has seguido toda la clase como un mayor. ¡Qué pasada! Pero piensa que son una extraescolar y es para pasarlo bien.

– Con la careta me lo he pasado bien.

– Ya. Así llamaré al monitor y le explicaré qué ha pasado. ¿Querrás volver mañana?

– No lo sé.

– (Hablo con el monitor).

– Ya lo he llamado y le he explicado. Se ha sorprendido porque dice que todo el rato te veía contento y que has seguido toda la clase como los mayores. Te ha visto tan responsable y valiente que no te ha separado con la monitora para hacer cosas de más pequeños. También me ha dicho que la clase es para divertirse y que no sufras que te cuidará. Mañana lucharás con él más suave. Entiende que era mucha energía para ti el primer día. Y le ha gustado mucho que le llamara. Me ha dado las gracias por explicarle cómo te sentías. ¿Qué te parece? Así, ¿querrás volver?

– Sí.

(Aquí ya estábamos su padre, yo y Lucas en la cama escuchándolo).

– ¿Has visto papá? Resulta que la rabia del Lucas viene de Kung-Fu porque… (Le cuento).

– Perdona Lucas por cogerte demasiado fuerte. No sabía qué más hacer -dice mi marido.

– Un abrazo los tres… (Y nos abrazamos)

 

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