Cómo prestar “Primeros Auxilios Emocionales” a los hijos

Paula, la mejor amiga desde la guardería de María, comenzó a hacer comentarios sobre su ropa y a contar chismes sobre ella a las otras niñas de su clase.

Pero María tenía tanta confianza en su mejor amiga que parecía como si no se enterara de lo que estaba pasando.

El sábado María llamó a Paula para preguntarle si quería venir a jugar. Escuché la conversación desde la cocina. Paula le dijo a María que ya no quería ser más su amiga y que tampoco les gustaba a las otras niñas de la clase.

María se quedó paralizada.

Después colgó y se fue a su habitación. Una hora más tarde pasé junto a la puerta abierta y la vi en la cama con la cara llorosa, mirando al techo. ¿Qué podía hacer yo?

“Niña egoísta y malcriada – ¿cómo se atrevía a hacer esto a María?”, Pensé. Quería decirle a María: “La manzana no cae lejos del árbol! Mira a su madre, es fría e hipócrita”.

Pero sobre todo quería reducir la pena de mi hija con algunas palabras de mi experiencia. ¿Qué consejo podría darle? Sabía que los niños, en general, no son amantes de los consejos.

También sabía que María necesitaba tiempo para pensar en sus propias soluciones. Sin embargo, me sentía inclinada a resolverle el problema.

La empatía parecía imposible en este caso. Tenía miedo de reflejar su dolor, su sentimiento de sentirse rechazada, su soledad.

Dije en la voz más suave que pude: “cariño, no se puede confiar en una amiga. Eres una gran chica. ¡Te lo pasarás bien con otras niñas de tu clase! ¿Por qué no llamas a alguna otra para que venga a jugar?”. María se puso a llorar y me gritó: “¡siempre me estás diciendo lo que tengo que hacer! Estoy harta de que lo hagas”.

Pensé todo el día sobre este incidente. Si proponer una solución no es la respuesta, ¿cuál es la respuesta? ¿Qué se supone que tengo que hacer para ayudar a mi hija?

No puede ser que lo que se espera de mí es que le adivine el sentimiento que tiene y luego me siente a verla sufrir sin hacer nada más. Parece que hay una limitación en la teoría de aceptar los sentimientos de nuestros hijos.

Ciertamente funciona para problemas menores; un rasguño en un dedo, los juguetes perdidos o la decepción de una excursión cancelada debido al mal tiempo. Pero ¿cómo tratar con cosas que realmente hacen daño, una pérdida real, la muerte de una mascota querida o ser rechazada por una amiga?

¿Es apropiado, o incluso útil, reflejar estos sentimientos? ¿No le haré daño abriendo más sus heridas?

La respuesta del Dr. Ginott

Compartí mis dudas a lo largo de la siguiente sesión. El Dr. Ginott negó con la cabeza. “Me gustaría saber cómo hacerlo”, dijo, “para convencer a los padres que el sufrimiento estimula el desarrollo de los niños. Estos problemas pueden hacer que su carácter se fortalezca.

Siguió: “Los padres que quieren ver a sus hijos felices los privan de madurar con experiencias de decepción, frustración y tristeza. “no llores”, dicen, “compraremos otro perro.” Si los padres creyeran de verdad que sus hijos se hacen más fuertes a medida que reconocen emociones dolorosas, no tendrían miedo de decir: “has perdido la Fosca, tu querida perrita. Debes tener el corazón roto. Lo sé, lo sé. “Esto es en realidad la mejor ayuda que podemos dar a nuestros hijos.”

“Cuando un niño se corta, nada en el mundo puede curar la herida al instante. Pero podemos mostrar nuestra compasión y pensar que el tiempo hará el resto. Para las heridas del alma es lo mismo. Damos los primeros auxilios emocionales reconociendo los sentimientos del niño, pero entendiendo que el proceso de curación es lento. Podemos decir a María, cuando tu mejor amiga te deja en la estacada después de todos estos años, esto hace mucho daño. Tienes que estar sintiendo un gran dolor. Y te debes encontrar de pronto muy sola”.

Entonces María podrá decirse a sí misma: “Quizás he perdido una amiga, pero tengo una madre que me entiende”.

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